sábado, 23 de mayo de 2009
EL CAUCE VERTICAL (Fragmento, 1998)
lunes, 18 de mayo de 2009
ELOGIO DE LA LLUVIA*

Uno
La lluvia es el origen del afilado espejo de la muerte;
en ella recomienza el dolor de los partos,
el sabor da la vida y la consumación de los deseos;
En ella se oscurecen los objetos terribles
que permiten al hombre saber por un instante
que la luz es un don que castra profecías
y recorta perfiles de sal, petrificados,
para que las texturas y los cuerpos que han sido nuestros
alimenten sus márgenes con el fruto tenaz
del olvido olvidado.
Dos
Como los hijos, la lluvia usurpa al hombre
su razón de unidad inalterable;
también, como los hijos, otorga dirección
a la continuidad de los deseos futuros;
la lluvia es una madre que se deja escondida
en los fríos rincones de la luz
y cuando ya está muerta se resuelve
al desenmascarar el rostro de los años.
Tres
Yo caminaba por las calles de la ciudad
que hieden como muertos, buscando en cada paso
un poco del sentido del mundo que siempre estaba ahí,
al doblar una esquina o enderezar un pensamiento,
más allá de las ventanas de mi propia mirada estupefacta;
entre mi orilla y el vértice de un otro que nunca conocí;
anhelaba encontrar en las noches heladas
esa mirada de que me hablaba el sueño
enmascarada por sucesivas capas de ceniza;
creía que los fantasmas se escudriñaban dentro
y cerraba las puertas que me comunicaban con los otros.
Al final
lo único que hice fue levantar un muro
entre el deseo y su resolución.
Cuatro
El vaho es el alma de la lluvia;
en él germinan los odios y las indecisiones,
el miedo que destruye al pensamiento
al encontrar la sangre de los antepasados
coagulada en los muros de la noche;
en el vaho se abren las fisuras del tiempo,
la densa restricción de las costumbres
y el furor del instinto;
en el vaho germinan todas estas visiones
y muchas más que la lluvia no quiere ya enseñarme
por temor a olvidar su carácter sagrado de mujer.
Cinco
Los hombres van oscuros con su carga de polvo en la memoria,
por sus venas circula un poco del veneno del mundo,
la aceptación de construir la vida desde la idea de la muerte
y destrozar el cuerpo de una infancia repleta de dolor
para que la malentendida libertad desenrosque su cuerpo
y al final se padezca y se tema que el tiempo cumpla
su venganza anónima, tras la puerta, al cruzar una calle,
o mientras uno tiembla
en los insomnios.
Seis
Porque yo sé también de los días suspendidos
entre la fina lluvia y el vacío de no hacer nada;
sé también de los amigos que no nos reconocen
al cabo de dos o tres años de ausencia
y de las mujeres que algún día poseímos
pues conozco la vileza que germina en el tiempo
y las palabras asombradas: "eres muy joven para estar tan calvo";
no saben que mi almohada es de garfios transparentes
y que todas las noches el recuerdo me arranca los cabellos
y las voces;
no saben que el envejecimiento
es la imagen del hombre que nunca se ha cansado
de decirse a sí mismo "soy el centro del mundo"
y al final no se encuentra el camino de frío que se buscó.
Siete (pausa)
La virtud de la lluvia es esa forma amarga del silencio
la tarde se agiganta entre los tulipanes
hasta ser amarilla.
Una parvada de golondrinas florece en ramas
con pétalos de ónix;
hay un árbol que canta, jaula de luz que vibra tras los sauces;
hay sillas que conversan en actitud de espera
en las terrazas de la madrugada;
la virtud de la lluvia es su mirada.
Ocho
Por un instante el cauce vertical de la tormenta
se detiene en su centro de formas calcinadas;
hay en la suspensión del movimiento un recuerdo fugaz,
hay los vasos vacíos en cuyo fondo la noche halla un remanso;
hay el olor a tierra descompuesta bajo los adoquines;
hay la radiografía de la ciudad iluminada
apenas
por la electricidad de la tormenta;
hay los muertos arropados en gasas de dolor y frescura,
los cigarrillos y las conversaciones malbaratadas
en tardes transparentes en donde pastan las memorias
que la vida esparce aquí y allá;
hay la furia tremenda
de los hermanos que se asesinan por el cuerpo de una mujer;
la inquietud de los padres que desean a sus hijas;
y sobre todo hay la ciudad emputecida que todo lo divide
hasta que la tormenta regresa a su pureza inescrutable
y el instante se obstruye
y solo permanecen las ventanas
sudorosas;
unas cuantas palabras manoseadas, el humo amarillento
de un cigarro, los restos de café al fondo de una taza,
y muchos deseos rotos,
disipándose.
enero 1979
*Nota al calce. Este poema me sacudió desde la primera vez que lo leí, allá en los lejanos días de la adolescencia. Desde entonces me acompaña, y cada tanto vuelvo a él para acordarme que bajo el cauce vertical de la tormenta todos vamos andando "con nuestra carga de polvo en la memoria".
miércoles, 13 de mayo de 2009
EL DESEO RECOBRADO
I
Quiero recuperar en esta noche oscura
los objetos perdidos adentro de mí mismo;
sentir, como si nunca antes lo hubiera oído,
el sonido de la lluvia que moja todo el patio,
retrocede como un gato negro muerto de frío
y se esconde en las hojas más altas del hule;
tocar, como si fuera la primera vez,
el pulso de mi lápiz que palpita sobre el papel en blanco
y recobrar los cuerpos y texturas que he dejado escondidos
en el fondo de otra noche de lluvia que se diseminó
como los sueños.
II
Oigo llegar la lluvia con sus dedos sigilosos;
apenas toca el tallo de los árboles,
desciende por los húmedos muros de la noche
y golpetea en los vidrios su ritmo monocorde;
oigo como se acerca, retrocede, se acerca,
se retuerce como humo y copia el movimiento de unos labios.
III
Y la palabra muerte fosforece en la noche
como un augurio que ha traído la lluvia;
el sabor mineral de los insomnios oprime el paladar
contra la lengua y hace un vacío en la boca.
Se pierden las amarras del presente
en el frío litoral de la memoria.
Únicamente queda una playa de vidrios
que hienden las ideas de un pasado lejano
del que sólo recuerdo los ojos amarillos
y la piel ceniza.
No hay orillas.
El hombre busca siempre llegar al otro lado
y al final se da cuenta que nunca se ha movido.
IV
Pero todavía camino contra los muros replegados del aire
tambaleándome por una borrachera de recuerdos que no puedo ordenar;
deambulo por las calles y las avenidas solitarias y sin árboles;
veo a los signos del tiempo vencer las profecías sin cumplirlas
y siento ese rostro ajeno en el fondo de los charcos
que me observa como queriendo decirme: “éste eres tú”
V
Encuentro ahora que no tengo rescoldos,
que no tengo secretos;
todos son invención de noches sudorosas
como lámparas de ámbar.
Estoy aquí, con la medusa de mis nervios desangrada en la mano,
con el enjambre de filamentos irascibles de los sueños
cediendo ante el vacío de las noches.
Estoy aquí.
Abro los cuadernos de la adolescencia
y encuentro en ellos el furor que necesito ahora
(ahora que tengo la frialdad que antes anhelaba);
y encuentro muchos rostros que he deseado
y que ya han sido míos sin saberlo:
Estoy en un jardín cuyas hogueras iluminan
hasta el más hondo punto en el que se debaten
mi vida y mi muerte.
VI
Porque entonces no sabía que el tiempo
era producto de la casualidad
y quería otorgarle un misterio a la vida
que no tiene otro misterio más que permanecer
Allí
detenida en las bardas y los pájaros,
en el paso trémulo de los borrachos,
en la voz hecha de hambre del mendigo
y en aquél rostro que me guiñaba el ojo
cuando me detenía en un árbol para no desplomarme
y encontraba en los charcos los perfiles y rasgos
que desde entonces busco inútilmente
en las noches de lluvia y en las mañanas grises.
VII
Y ahora
inclinado ante el fuego de la aceptación
siento en mi rostro la máscara de la desnudez;
me inclino para ver, más allá de los árboles,
tras el tejido de las bugambilias,
entre dos muros que acortan la distancia,
no una aparición,
sino los dorsos de edificios lúgubres,
sus ventanas rotas y petrificadas
como las profecías del futuro.
Encuentro en la cerámica de las azoteas
una geométrica rigurosidad,
un equilibro casi perfecto entre las antenas
y los tanques de gas,
los cuartos de servicio
y la presencia totémica de los tinacos vacíos,
horrible, pero funcional,
opaca y chata, pero útil:
no una aparición, lo que está frente a mí día tras día
y que ahí permanece
inamovible.
VIII
Pero las hojas del hule me devuelven el camino perdido
de lo que alguna vez llamamos trascendencia.
¿Tiene alguna trascendencia esta luz que se equilibra
entre los tallos y los frutos?
¿Se esconde algún valor en las ventanas que la lluvia
ilumina con sus cigarras nocturnas?
¿Hay símbolos proféticos en el vuelo espiral
que traza el cuervo sobre las cúpulas de la iglesia?
He cerrado los ojos y descubro
que lo único que posee trascendencia
es saber inclinarse tras el fuego nocturno
para partir su forma de pirámide
y hallar en el carbón el poder de la brasa
de los días cotidianos.
IX
Anhelo sin embargo ese desorden.
Las palabras aún no tenían el prestigio
de simbolizar esto o aquello
y poseían el peso de su propio volumen.
Uno era el instrumento, la ventana,
el vacío que se extiende entre el tronco y las ramas
como una voz de polvo que se agrieta;
la transparencia era una piedra oscura
traída por los sueños;
No había disquisiciones que llenaran de vino
los vasos del insomnio.
Yo no existía
tú no existías
sólo era real lo otro.
La figura sin rostro que corría a ocultarse
en los espejos.
X
Pero sobrevivimos.
Ahora,
tantos años después de la primera voz que sentí
nacer en la garganta
filtrarse por la nuca
descender por los hombros
anidar un instante en el estómago
y volcarse como un río de sangre
en los brazos abiertos
hasta tocar la mano
el ojo
la memoria;
Ahora,
tantos años después he descubierto
que la palabra muerte tiene un sentido
que aún no he descubierto.
He podido saber que el término locura
está hecho de nervios destrozados
y que las noches no son de humo ni de yerbas
sino de lluvia, de ocultación, de miedo.
(Pero sobrevivimos para conocernos y desconocernos
y recobrar la pasión del principio
y dividir la vida con un suceso
o con el silencio.)
septiembre-diciembre de 1978

EL CAZADOR EN SU LECHO DE MUERTE
Primer monólogo
Oscurecí mi rostro para andar por el mundo:
máscara sobre máscara.
Descubrí el brillo del metal en mis ojos tempranos
y desde entonces
cada fin de semana embrazo los arreos.
Matar a mano limpia es el placer más puro y más antiguo.
Los años me conducen hacia el blanco camino
que rechazo y que se abre en los insomnios.
Vuelvo entonces a deambular entre las viejas tumbas y los cardos
(y los perros me miran)
Vuelvo a sentir el acedo sabor de las tortillas
y escucho trasegar al viento en los guamuches.
No hay paz en este corazón hecho de ruidos
y de pulsos que llenan mis horas y mi aliento.
Soy cazador. Tengo que levantarme de esta herida.
Hormigas
Llovía.
Un rayo partió con limpia precisión el corazón del cacto.
Adentro las hormigas envolvieron
con sus cuerpos nerviosos a la reina.
Empapado y sin cigarros
las miré afanarse en su tarea.
Otro rayo silbó bajo mis pies.
Con el machete derribé aquel imperio.
Llovía.
Pájaros
La roja bala abrió en dos
el aliento del ave temblorosa.
Esa mañana comí con gusto a muerte.
A la orilla del cerro
me comencé a perder.
La brújula no sirve en estos casos.
Primera lección de tiro
A la hora de la muerte ayuda no pensar
salvo -quizás- en flores rojas.
(Mi mano es la extensión de la mañana)
El metal acaricia los filos de mi espalda.
Mientras miro volar las codornices
y en el límpido azul las nubes se amontonan.
Plegaria a campo abierto
Brizna de amor,
ata mis manos.
Este valle subyuga mis instintos de fiera,
me descubre cobarde y temeroso.
A veces miro en la fugacidad a mi enemigo,
corto cartucho y aguardo noches frías.
El hambre de disparar me mantiene despierto.
Otras veces me descubro
lejos del campamento, de la tienda
y mis armas, como hoy.
Estrella solitaria,
estoy aquí, sediento, con el coraje a cuestas.
¿Qué voy a hacer con mis huesos ardientes?
Ladridos
Oí grillos y perros
y unos cascos golpeando la ladera
donde planté mi tienda.
Esperaba ver pendones y mozos
azuzando dogos o podencos.
Mañana caminaré a la carretera.
No hubo gloria aquella noche;
vacía oscuridad sin humos ni trofeos.
Sólo ladridos y un cuerpo de mujer
que no conoce mis instintos.
Segundo monólogo.
Toda la vida fui el que acechaba en vano
la caída del agua en los arroyos
de calles anónimas, sin héroe que les prestase nombre.
Ser cazador es mi coartada para vivir en la contemplación
y el aniquilamiento.
Ser cazador es redimir los pecados del mundo.
Darse a las llamas como se da el pecho de un faisán
a la escopeta.
Pero no quiero hablar. Pedí cigarros
y nadie respondió.
Mis hijos me miran en silencio.
Esperan con ojos limpios y beben café en tazas
despostilladas que son mi herencia:
El sabor a peltre de noches en que la muerte
acaricia las canas y el pelambre
de víctima y verdugo.