EN INVIERNO
Y es que el tiempo es así:
De pronto uno se mira
ante las viejas fotos
de un espejo empapado
por la voz del recuerdo
Y no se reconoce
Y nada es cierto
porque la lluvia siempre sabe... ...y como un tributo a la poesía del maestro Roberto Vallarino
Oscar Javier Martínez
¿Estás ahí, guitarra?
Suena la tarde, es tu voz.
De nuevo la sal asciende por los acantilados.
¿Eres el mar?
Mis pies llagados tiemblan.
Espuma del amor, aquí te espero.
¿Qué harás cuando sin piano
tus manos toquen la madera vencida?
Tras las conversaciones está el miedo
Un avión
repta en mis venas, estoy vivo,
Llueve otra vez adentro de mis ojos.
Permíteme volar, cuerpo terrestre.
Soy gaviota voraz,
La luz cegó mis ojos.
Mírame.
Adentro la sonaja rota espera.
Carne del corazón, suenan mis alas.
Escorpión,
madeja de veneno, dame lumbre.
Mis patas ateridas chapotean en el lodo
Tengo hambre de líquen
Nubes rojas se esparcen en el cielo de invierno
¿soy gaviota voraz?
Danzo en la reverberación de mis heridas.
1998

¿Por qué música de sobrevivencia?
1
Porque ha sido compañera, cómplice en soledad, amable en tiempo de furia, tierna en horas de insomnio, fiel amante cuando el olvido nos hace sollozar. La música es el bálsamo que Dios, conmovido por nuestra miseria primitiva, nos concedió para romper la bruma de lo inconmensurable y despertar.
Como el aire que flota en la sonrisa del ángel que se ama, la música es el sol que hace juntar los días, es nota discordante, gaviota en los inviernos de la mente, numeral que salta de sus órbitas rompiendo toda lógica y razón, la nota que revienta su armadura y se carcajea como una garza niña. Es la madera que se volvió plata y sirena que acaricia los escollos.
La música ora por nosotros aún en el silencio, ese silencio que pesa como un muerto y que sabe a todo, menos a sal. La música es nuestra mejor acción de gracias, es el más hermoso nombre de Dios. Como olas rompiendo en un acantilado, así se conmueve el alma cuando un acorde rueda por la pendiente de los sueños, posándose suave sobre la orilla del ser...
¿Cómo escapar al encanto adolescente de una canción que juega y seduce? ¿Alguien puede enojarse con el viento porque nos despeina? Somos instantes de un tiempo que nos rodea, somos los asombrados espectadores cuyos rostros se asoman entre viejas mascarillas de las islas del sur. Nuestros cuerpos se secan al sol, para luego humedecerse en una llovizna pertinaz de melodías. Cientos de tambores parten en mil pedazos la negrura, el áureo filo de las trompas agita los estandartes del reino donde todos adoramos. Nuestro corazón se colma de alabanzas por el sólo hecho de escuchar y vivir...
2
Alguien vino a juntar mis días; no pude nombrarla porque no hay palabras que contengan la luz de sus encantos; tendría que llamarse noviembre o madreselva para poder abarcarla, pero ni así. Esa mujer que nos hace emerger del agua y nos arropa, ella también era canción.
3
"...y sólo por tu amor pude resistir el hambre, la guerra, la desolación, la discriminación, y la traición que me enseñó a perdonar", y solo por ti estoy cantando y tejiendo palabras. ¿a dónde iré sin ti? No hay horizonte ni barca ni perfume que pueda hacerme partir de tu costado. Solo estoy aquí porque quiero alabarte y contar el rosario de bendiciones que derramas, eres tú, loco y sonriente, mar y tormenta, lo que me hace vivir.
4
Soy un sobreviviente, he recorrido los países y aprendido de memoria el color de sus pendones, he mirado todos los crepúsculos y he escudriñado el color de las estrellas. La muerte ha danzado al lado mío y alguna vez danzamos juntos, lo recuerdo. He sido traicionado y mi sangre regada en el desierto, alguien se apoderó de mis cansados brazos y me hizo cargar espinas en vez de crisantemos. Entonces llovía, llovía mucho, llovía como si fuese a deshacerse la ciudad, pero aun así, nacía un niño, las aves asomaban su plumaje por entre las piedras de la catedral, y en la canteras había soldados jugando rayuela o qué se yo... me pareció que nunca volvería a pisar las calles de la infancia, que la condena sería a perpetuidad, pero llegaste tú con la espada en alto, riéndote de la imaginaria eternidad.
Música. Luz de velas. Arroyo en las colinas. Música de mi padre y de mi madre. Sendero en donde se cruzan los viajeros. Crisol y serpentina. Luz de todos los astros. Música, siempre música...
Enero, 2005

I
Quiero recuperar en esta noche oscura
los objetos perdidos adentro de mí mismo;
sentir, como si nunca antes lo hubiera oído,
el sonido de la lluvia que moja todo el patio,
retrocede como un gato negro muerto de frío
y se esconde en las hojas más altas del hule;
tocar, como si fuera la primera vez,
el pulso de mi lápiz que palpita sobre el papel en blanco
y recobrar los cuerpos y texturas que he dejado escondidos
en el fondo de otra noche de lluvia que se diseminó
como los sueños.
II
Oigo llegar la lluvia con sus dedos sigilosos;
apenas toca el tallo de los árboles,
desciende por los húmedos muros de la noche
y golpetea en los vidrios su ritmo monocorde;
oigo como se acerca, retrocede, se acerca,
se retuerce como humo y copia el movimiento de unos labios.
III
Y la palabra muerte fosforece en la noche
como un augurio que ha traído la lluvia;
el sabor mineral de los insomnios oprime el paladar
contra la lengua y hace un vacío en la boca.
Se pierden las amarras del presente
en el frío litoral de la memoria.
Únicamente queda una playa de vidrios
que hienden las ideas de un pasado lejano
del que sólo recuerdo los ojos amarillos
y la piel ceniza.
No hay orillas.
El hombre busca siempre llegar al otro lado
y al final se da cuenta que nunca se ha movido.
IV
Pero todavía camino contra los muros replegados del aire
tambaleándome por una borrachera de recuerdos que no puedo ordenar;
deambulo por las calles y las avenidas solitarias y sin árboles;
veo a los signos del tiempo vencer las profecías sin cumplirlas
y siento ese rostro ajeno en el fondo de los charcos
que me observa como queriendo decirme: “éste eres tú”
V
Encuentro ahora que no tengo rescoldos,
que no tengo secretos;
todos son invención de noches sudorosas
como lámparas de ámbar.
Estoy aquí, con la medusa de mis nervios desangrada en la mano,
con el enjambre de filamentos irascibles de los sueños
cediendo ante el vacío de las noches.
Estoy aquí.
Abro los cuadernos de la adolescencia
y encuentro en ellos el furor que necesito ahora
(ahora que tengo la frialdad que antes anhelaba);
y encuentro muchos rostros que he deseado
y que ya han sido míos sin saberlo:
Estoy en un jardín cuyas hogueras iluminan
hasta el más hondo punto en el que se debaten
mi vida y mi muerte.
VI
Porque entonces no sabía que el tiempo
era producto de la casualidad
y quería otorgarle un misterio a la vida
que no tiene otro misterio más que permanecer
Allí
detenida en las bardas y los pájaros,
en el paso trémulo de los borrachos,
en la voz hecha de hambre del mendigo
y en aquél rostro que me guiñaba el ojo
cuando me detenía en un árbol para no desplomarme
y encontraba en los charcos los perfiles y rasgos
que desde entonces busco inútilmente
en las noches de lluvia y en las mañanas grises.
VII
Y ahora
inclinado ante el fuego de la aceptación
siento en mi rostro la máscara de la desnudez;
me inclino para ver, más allá de los árboles,
tras el tejido de las bugambilias,
entre dos muros que acortan la distancia,
no una aparición,
sino los dorsos de edificios lúgubres,
sus ventanas rotas y petrificadas
como las profecías del futuro.
Encuentro en la cerámica de las azoteas
una geométrica rigurosidad,
un equilibro casi perfecto entre las antenas
y los tanques de gas,
los cuartos de servicio
y la presencia totémica de los tinacos vacíos,
horrible, pero funcional,
opaca y chata, pero útil:
no una aparición, lo que está frente a mí día tras día
y que ahí permanece
inamovible.
VIII
Pero las hojas del hule me devuelven el camino perdido
de lo que alguna vez llamamos trascendencia.
¿Tiene alguna trascendencia esta luz que se equilibra
entre los tallos y los frutos?
¿Se esconde algún valor en las ventanas que la lluvia
ilumina con sus cigarras nocturnas?
¿Hay símbolos proféticos en el vuelo espiral
que traza el cuervo sobre las cúpulas de la iglesia?
He cerrado los ojos y descubro
que lo único que posee trascendencia
es saber inclinarse tras el fuego nocturno
para partir su forma de pirámide
y hallar en el carbón el poder de la brasa
de los días cotidianos.
IX
Anhelo sin embargo ese desorden.
Las palabras aún no tenían el prestigio
de simbolizar esto o aquello
y poseían el peso de su propio volumen.
Uno era el instrumento, la ventana,
el vacío que se extiende entre el tronco y las ramas
como una voz de polvo que se agrieta;
la transparencia era una piedra oscura
traída por los sueños;
No había disquisiciones que llenaran de vino
los vasos del insomnio.
Yo no existía
tú no existías
sólo era real lo otro.
La figura sin rostro que corría a ocultarse
en los espejos.
X
Pero sobrevivimos.
Ahora,
tantos años después de la primera voz que sentí
nacer en la garganta
filtrarse por la nuca
descender por los hombros
anidar un instante en el estómago
y volcarse como un río de sangre
en los brazos abiertos
hasta tocar la mano
el ojo
la memoria;
Ahora,
tantos años después he descubierto
que la palabra muerte tiene un sentido
que aún no he descubierto.
He podido saber que el término locura
está hecho de nervios destrozados
y que las noches no son de humo ni de yerbas
sino de lluvia, de ocultación, de miedo.
(Pero sobrevivimos para conocernos y desconocernos
y recobrar la pasión del principio
y dividir la vida con un suceso
o con el silencio.)
septiembre-diciembre de 1978